jueves, 29 de enero de 2015

MANZANAS MITOLOGICAS.

En la mitología griega, la aparición de las manzanas doradas o manzanas de oro es recurrente. Tal vez se trate del equivalente simbólico del fruto prohibido en la hermenéutica bíblica, ya que la ingesta de estos frutos supone también la inmortalidad. Pero lo que nos interesa aquí son sus peripecias. 


En un episodio, Zeus organiza un banquete para celebrar las bodas de Peleo y Tetis, pero deja fuera de la lista de invitados a Eris, la diosa de la discordia. Acudiendo sin ser invitada, Eris deja caer una manzana dorada con la inscripción καλλίστῃ, “para la más bella”, y tres diosas (Hera, Atenea y Afrodita) la reclaman. Zeus propone que Paris de Troya decida quién debe ser su legítima propietaria. Cada una de las diosas ofrece a Paris un regalo: Hera le otorgaría el gobierno de toda Asia y ser el hombre más rico, Atenea le haría ganar todos sus combates y Afrodita le promete el amor de Helena, la mujer más bella del universo. Proponiendo tal vez una simetría entre dos tipos de belleza, Paris supone que la manzana de oro no puede ser adjudicada sino a cambio de una forma superlativa de belleza, y elige a Afrodita. Sin embargo, dado que Paris tiene que elegir entre el gobierno de un imperio, la victoria militar o el amor de una mujer, este episodio parece instaurar una dicotomía simbólica entre el poder y la belleza.


Este antagonismo entre el poder y la belleza aparece de manera más atenuada en otro episodio, filosóficamente más interesante. La bella Atalanta, molesta por la mirada incesante de los hombres cuando corre por el bosque según una versión, advertida de su desdicha por un oráculo si contrae matrimonio según otras, decide convertir en amante al pretendiente que haga prueba de una hazaña atlética. Desafía así a una carrera a cada uno de sus pretendientes: el ganador podría esposarla, pero todos los perdedores serían ejecutados. La derrota olímpica de Atalanta prescribiría así su unión en matrimonio, y su victoria, la posibilidad de dar muerte a su adversario. Su destreza atlética la protegía en su soledad anhelada: Atalanta superaba a todos los hombres. Ovidio estipula que la regla lúdica de Atalanta es tal vez dura, pero proporcional a la apuesta: “tan grande el poder de la hermosura es”. Hipómenes, que ya había visto a Atalanta aunque sin mirarla, se pregunta de manera irrisoria en el libro X de Las metamorfosis, “¿Puede alguien buscar por medio de tantos peligros esposa?”. Pero al verla sin su velo, comprende su belleza, comparando la piel de la doncella al marfil. Una enigmática traducción en español de este episodio resuelve una posible filiación entre la pulsión sexual y la pulsión poética con una fórmula astuta: Hipómenes, “elogiándola, concibe fuegos”.

Hipómenes sabe que no podrá derrotar a Atalanta con su simple destreza física; implora entonces la ayuda a la diosa del amor, Afrodita. Amargada del rechazo de Atalanta al amor, la diosa entrega a Hipómenes tres manzanas de oro procedentes de su manzano sagrado en Tamaso, Chipre -según Ovidio- del jardín de las Hespérides -según Servio-, sugiriéndole que las dejase caer durante la carrera para distraer a Atalanta. Así procede Hipómenes; Atalanta, quiere recogerlas en vano; cuando la tercera manzana de oro rueda por el bosque, Atalanta se detiene y, hechizada por su belleza, no puede alcanzar a su adversario. Hipómenes gana así la carrera y la mano de Atalanta.

El Jardín de las Hespérides es otro famoso mito manzanero, en que el huerto de Hera en occidente, donde (según la fuente) crecían en un solo árbol o una arboleda manzanas doradas que otorgaban la inmortalidad. Como medida de protección adicional, Hera ubicó en este jardín un dragón de cien cabezas que nunca dormía llamado Ladón. El undécimo trabajo de Heracles fue robar las manzanas de este jardín.